ojo, spoilers!

Rafael J. Rodríguez Pérez

Un grito atronador sale de pronto de miles de gargantas y se repite como un eco titánico que nubla la razón y los oídos. Pero no es solo el grito, sino también una especie de enloquecida fiebre que provoca saltos, desesperados ademanes, llantos, puñetazos, desmayos… La grada va a caer. No aguanta más. “¡Goool!”, resuena una y otra vez: “¡Goool!”, y ese compás frenético que envuelve y contamina, acaba dictando al corazón un nuevo ritmo.

¡Qué importa en ese instante si se es fanático o no! ¡Qué interesan ahora las frases irónicas, las dudas sobre la inteligencia popular, la desconfianza hacia las emociones colectivas! Esto es pura pasión, y como tal se vive, pues ni el más frío espectador logra resistir, por lo menos, que los ojos se le enanchen de asombro o que se le dibuje una sonrisa. ¡Es el fútbol!, uno de los dioses modernos, y los dioses, sean del tipo que sean, siempre reclaman atención. 

¿Cómo, pues, trasladar algo de esa pasión a otro lenguaje, darle forma, dosificar esas tremendas dosis de rabia y de felicidad que provoca, y hacerlo, por demás, limpiamente? Por fortuna, hay un modo y un género literario para ello: la novela; y este fue el camino elegido por el joven autor Daniil Belyakov, nacido en Obninsk, Rusia, y radicado desde 2010 en la República Dominicana. 

Con apenas veinticinco años, y sin el castellano como idioma nativo, sino adoptivo, resulta ciertamente admirable el dominio adquirido por Daniil en la lengua de Cervantes, una de las más complejas y ricas del mundo, y también de las más alejadas del origen eslavo de su propio idioma. No hubo “romance” en Rusia, dado que los tentáculos del Imperio Romano no llegaron allá. En cambio, tuvieron su Cirilo, y lo usaron muy bien. Lo cierto es que, más allá de cualquier chiste de corte intelectual, verlo discutiendo giros idiomáticos, regateando verbos y barajando adjetivos con la soltura de un escritor latino “aplatanao”, me provocó un asombro que dura hasta hoy, y que siguió creciendo en la medida en que creció esta novela que glosamos hoy, tan diáfana y funcional, gramática y literariamente hablando, que no pude menos que afirmar un par de veces, porque es la pura verdad, que muchos nativos del castellano no llegarán a escribir así.

Esa sagacidad demostrada por el autor para apoderarse de un idioma “ajeno” y lograr atraparnos en esta historia y emocionarnos, es una especie de hazaña, y si bien tal noticia no salva ni defiende en sí misma a la novela (algo que no necesita), dado que fue su elección escribirla en español, y como tal debe funcionar, sí me parece justo mencionarlo, pues nos revela la seriedad, minuciosidad y respeto del autor hacia nuestra lengua y hacia la literatura en general, en un tiempo donde los caminos más fáciles están tan trillados que muchos se han convertido en un inmundo lodazal de “autoayuda”.

Escoger un sendero difícil, dominar un idioma extranjero, sentarse a escribir una novela y hacerlo de manera honorable, sin cumplir aún los treinta años, no es para todos. Lo sabemos muy bien aquellos que sufrimos a diario el ya manido horror de la página en blanco. 

¿Qué lección se desprende de aquí? Una sencilla que podemos enunciar de esta forma: Atención con este joven autor, con esta saga que ahora se inaugura y con una obra naciente que llega de la mano de un esfuerzo largo y sostenido, de una obsesión casi enfermiza por la perfección formal, por la investigación rigurosa y por la recreación de lugares, contextos históricos y sociales coherentes, creíbles (a pesar de lo diversos: Venezuela y Serbia); minuciosos telones de fondo para el desarrollo de esta historia despojada de grandilocuencia o de épica inútil, salvo la que nace de la propia vida. 

Estructurada en diez capítulos, la historia sigue mayormente una trayectoria lineal y argumental que no aprovecha del todo las magníficas oportunidades del género, pero que, estimamos, adquirirá más complejidad a medida que la saga despegue y conforme su propio cosmos literario, incluidas las posibilidades técnicas, entre ellas la elección de narradores múltiples que acaso releven al clásico narrador omnisciente, que, en ocasiones, pugna por imponer su presencia vertical, pero, por fortuna, retoma siempre su contención, para tranquilidad del lector y de la propia novela moderna.

Más que la historia de un joven con un talento innato para el fútbol, en un país en plena crisis económica, social y moral como la Venezuela contemporánea, El Diez de La Herradura es una indagación sobre nuestro lugar sobre la tierra, los avatares de la supervivencia y la importancia de escuchar las voces interiores que nos impelen hacia una actividad determinada: la vocación, que quiere decir “voz que nos llama”, y que tantas veces ignoramos por miedo al fracaso, por ataduras familiares y barreras de toda índole que, generalmente, nos condenan a la infelicidad, a la frustración y al desperdicio de la vida.

Al joven Héctor Villamar le ocurre de todo, tanto y tan duro, que a lo largo de la novela llegamos a veces a sentir cierta lástima, pero, ¿saben qué? No se trata de ensañamiento alguno, o de una serie de eventos desafortunados para dar dramatismo a la trama. No, y eso es lo peor. Lo que intuimos primero y luego comprendemos a cabalidad, al identificarnos y recocernos en algunos de esos avatares, es simplemente el dolor de vivir, de venir de abajo, de no nacer príncipe en cuna de olán fino; el tener que labrarse un camino a puro pulso y tropezón; destino que es, por cierto, el de la inmensa mayoría de la humanidad.

Nacido en un barrio pobre de Venezuela, en un hogar fracturado donde el cabeza de familia salió un día a trabajar y no regresó nunca, posiblemente asesinado por delincuentes (es un dato escondido en elipsis), Héctor logra sustraerse al violento destino barrial gracias al fútbol, que descubre a corta edad de la mano de un altruista y centrado entrenador local, que interpreta la enseñanza del fútbol como una especie de cruzada para mejorar su entorno y su país. El entrenador, que asumirá para el protagonista un rol de padre, logra salvar, en sentido práctico y literal, a muchos jóvenes, al trasladar la ética y la disciplina del juego a la propia vida. 

El resto de su núcleo más cercano lo forman su hermano mellizo, una hermana mayor, y la madre, una trabajadora mujer, abrumada hasta la extenuación diaria y brutal, que mantiene a flote a la familia a un costo tan elevado que termina perdiendo, incluso, la sensibilidad necesaria para dar amor a sus hijos, o al menos, el amor convencional que incluye mimos y ternezas.

Palo duro, hueso difícil de roer, la madre resulta el símbolo del horcón familiar que se inmola para que sobreviva su descendencia, en medio de dificultades crecientes, de esos que luego, cuando termina de pasar la tormenta, permanezca o no, se pueden señalar o recordar con orgullo. En cierta medida, sus hijos son su calco, cada cual aferrándose a sus circunstancias. En el caso de nuestro protagonista, agarrado a su amor filial y a su vocación, una y otra vez. De la vocación, duda a veces, de la lealtad filial, jamás. Es precisamente ese afán de “cumplir”, de proteger, de preservar a la familia de la debacle venezolana, el que lo lleva al exilio (en pos también de su hermana, que se le ha adelantado), donde vivirá los peores dolores y desengaños: profesionales, amorosos, éticos, pero también donde reencontrará su camino y comenzará a labrarse un destino en el fútbol. 

La violencia de índole diversa, pero violencia al fin, siempre cruda y demoledora, es una presencia permanente en este texto. A veces sutil y encubierta, otras veces avasallante, muestra su faz huraña por todos lados, a tal que punto que los empujones, puntapiés, cabezazos y narices rotas del juego, resultan cosas simples, y hasta banales, ante la atrocidad (dada su cargas simbólicas) de un tanque de guerra recorriendo una calle, un tiroteo entre carteles cobrando la vida de dos niños, un puñalada trapera por un mal entendido, una mutilación por robo; la ingratitud lobezna, que muerde la mano que le da de comer, torturando a una madre y propinándole un batazo final que la postra; la violación masiva y posterior paliza con intención homicida de la hermana del protagonista; la pavorosa visión de las turbas hambrientas en las calles (dos hombres peleándose a muerte por un trozo de pan); el recuerdo de bombas que descienden sobre las casas y las vidas, destrozando los sueños…

Esa sombra ominosa de la violencia, que se abate como un manto mortal sobre los personajes de este libro, y que adquiere matices alarmantes no solo en la narración literal de los hechos, sino en lo psicológico, provoca en la novela un sentido de inminente peligro, de prepararse siempre para lo peor, intención en la en la que a veces se carga la mano, pero que, por fortuna, es contrarrestado a tiempo, y balanceado, por la extraordinaria capacidad de resistencia de unos personajes que, si bien se saben vulnerables y enfrentados a fuerzas que los superan, no se rinden, o, para decirlo de una manera más justa, no saben rendirse. Eso los hace admirables, y nos impide compadecerlos. Es la vida, viviéndose, y todos sabemos cómo es para los que cayeron abajo, aunque, desde algunas atalayas evitemos mirar hacia los lados, por vergüenza, indolencia, indiferencia o maldad.

Pero, como hasta en el más negro pantano florece una flor y, mal que nos pese, la literatura se alimenta mejor y con más apetito de estos materiales terribles; del descarnado cuadro de la prostitución, el trabajo semiesclavo, el doloroso exilio, el desarraigo, la emigración masiva, la segregación, las rivalidades e intrigas humanas, surge un libro como este, de poderoso influjo catalizador de emociones y comprensión de contextos que, en las antípodas de lo edulcorado y lo trivial, muestra un detalle del rostro real no solo de un juego que mueve a pasión a millones de seres humanos, sino de la propia existencia humana.

Bajo la aparente linealidad de su trama, de la búsqueda de la felicidad y de los sueños, a cualquier precio, yacen duros, y a veces ocultos mensajes que cada cual podrá interpretar a su modo. Muchos guiños y detalles simbólicos hay en esta novela, sutilezas que acaso no serán descubiertas por todos los lectores, pero que tributan a su trama de modo subconsciente y eficaz.

Al extremo de oscuros sucesos, de las incomprensiones, traiciones y sacrificios sin par, y en verdad ayudados por ellos gracias a su fuerza contrastante, brilla  más fuerte la solidaridad, la mano que ayuda al malherido y la que tiende un pan, provee un techo y un abrigo; y florece también, por encima de las barreras idiomáticas, culturales, étnicas, la profunda empatía que nos une como especie y nos hace reconocernos como parte de una única familia humana, imperfecta, dividida, pero también capaz de las más grandes proezas y virtudes. 

El Diez de La Herradura es además una especie de apología de esa “voz que llama”, de la vocación, que ya hemos mencionado, y que destella con fuerza indeleble en la novela, punta de lanza que espolea, revive y destruye las dudas más voraces. Lo vemos claramente en el punto álgido de la trama, cuando un Héctor extenuado, sangrante y desecho por la derrota que elimina a su equipo, sufre en la convicción de que todo ha acabado, cuando, en verdad —ahí está el irónico Zivko para recordárselo—, todo está a punto de comenzar, y él, “el gitanito”, el exiliado, comprende de una vez, ¡y se lo cree al fin!, que él no ha nacido para guachimán, ni para constructor, ni para fregador de autos… sino para patear balones y dejar el alma en la cancha; entiende que el fútbol es, siempre ha sido, su verdadero destino, y que aún está a tiempo para luchar por él. 

Sin embargo, no nos engañemos… el fútbol, impulso y leitmotiv de la saga que inicia, se ve desbordado en esta primera entrega por dramas mayores que, si bien le atañen y competen, lo superan con creces, dejando una especie de interrogante en el aire: ¿Se trata solamente del fútbol? La respuesta es, sin dudarlo, un rotundo no. De lo que se trata, a todo tren, es de la vida. 


Santo Domingo de Guzmán, 17 de junio de 2021.